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Cartas de lectores
Uniones Homosexuales según Clelia Avila
En este tiempo donde todo se relativiza nos hemos acostumbrado a que se naturalicen ciertas conductas de los seres humanos que jamás hubiésemos imaginado, so pretexto de un progresismo mal entendido o de un vanguardismo como sinónimo de libertinaje.
Ser progresista no significa que el ser humano no tenga límites, ni que pueda transgredir las leyes naturales y que luego busque el amparo en las normas legales a las que él mismo ha renunciado tácitamente al transgredir el orden natural de la vida como en el caso de la Ley que se impulsara en el Congreso y ya obtuviera media sanción.

Es tiempo de que nos replanteemos como sociedad a dónde queremos ir para poder encontrar el camino o el rumbo que nos diga cómo llegar. Y en ese sentido, sin ser extremista, sólo tenemos dos opciones: reaccionamos o nos autodestruimos como sociedad. Por qué digo esto, porque la familia es el pilar básico de la sociedad, no sólo lo reconoce la legislación internacional y nuestra Constitución provincial sostiene que es la célula primaria y fundamental de la sociedad, basada en la unión de hombre y mujer, sino que ya lo reconocía Aristóteles, 4 siglos antes del nacimiento de Cristo, al referirse al bien común como algo que depende de las familias fundadas en matrimonios conformados por la unión de hombre y mujer.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, promulgada por la ONU en 1948, en su artículo 16 defiende enfáticamente a la familia y al matrimonio estableciendo: 1) Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia; y disfrutarán de iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio. 2) … y 3) La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado.

Sin embargo, los artífices de la nueva "perspectiva de género", presentes en la Cumbre de la Mujer en Pekín, pusieron al margen todas estas premisas y por el contrario apuntaron desde entonces a la necesidad de "desconstruir" la familia, el matrimonio, la maternidad, y la feminidad misma para que el mundo pueda ser libre. En cambio, los representantes de las principales naciones comprometidas con la defensa de la vida y los valores familiares que participaron en dicha cumbre, alzaron su voz en contra de este tipo de propuestas, sobre todo al descubrir que el documento de la cumbre eliminaba arbitrariamente del vocabulario del programa las palabras "esposa", "marido", "madre", "padre".

Es fundamental que podamos comprender que la elección o conducta sexual que cada persona pueda tener en su ámbito personal o privado están exentas de juicio alguno que la sociedad pueda hacer. Pero de allí a pretender cambiar las bases jurídicas de nuestro derecho positivo, sustentado en el derecho natural, hay una distancia muy grande. En lugar de acomodarnos a la realidad debiéramos buscar cómo modificar la misma para defender los valores éticos y morales sobre los que se sostiene una sociedad. Muchas veces se ha legislado buscando soluciones a las crisis sociales, políticas o económicas, pero pocas veces se ha trabajado en soluciones serias y de fondo para abordar este tema cuya raíz está en el hecho de haber abandonado los valores que han jerarquizado al ser humano.

Ya no se piensa en devolver la dignidad a la gente, porque es más fácil un subsidio a la desocupación que generar un puesto genuino de trabajo, ya no se piensa en defender y proteger a la familia como célula básica de la sociedad, porque es más fácil dejar que ella se derrumbe para que nuestro Estado sea cada vez más débil, ya no se defiende la vida, porque es más fácil negar que un niño por nacer sea un ser humano para justificar la muerte de un indefenso.

Es imperioso que reaccionemos ante este escenario sabiendo que la falta de reacción provocaría consecuencias muy graves para nuestra sociedad y entender que a medida que nos apartemos de los valores y principios fundamentales de vida, mayor será la degradación de las generaciones venideras.

Hubiéramos preferido que nuestros legisladores consulten al pueblo argentino, a través de los medios que nuestra Constitución habilita, antes de emitir su voto en un tema tan trascendente para las generaciones futuras. Y no cabría dudas que una gran mayoría se expediría a favor de la familia y de la institución del matrimonio, formado por la unión del hombre y de la mujer tal como nos creó Dios, y dejar de dar la espalda a los valores y principios que hacen de los seres humanos lo más valioso de la creación.
Juéves 06 de mayo de 2010
Diputada Provincial